El germen de Claro de Luna reside en una realidad cotidiana, doméstica, cuasi prosaica, que Candelaria – con los ojos de la mente – transfigura buscando ese momento preciso, esa luz determinada, esa conjunción de objetos que puestos en el lugar preciso con la iluminación necesaria cobran otra vida. Estamos ante la epifanía de la que habla Arthur Danto… el lugar común se transfigura en arte. El ojo y la mano del artista realizan esa acción artística que hace poesía de una silla, una enredadera, un muro…

Los lugares cotidianos dejan de serlo… lo pequeño se agiganta, lo banal trasciende, lo habitual sobrecoge. La magia estalla. Sin embargo no nos dejemos engañar: aquello que muestra el papel es el resultado de un proceso conceptual, controlado, de una serie de estrategias y de acciones realizadas en orden a construir una escena ilusoria. Y en este intersticio encontramos la verdad de la artista que escudriña en vez de mirar, que evalúa y mide su accionar en vez de dejarse llevar por la emoción. El impulso primero es pasional, visceral, pero luego la acción transfiguradora es controlada, teleológica.

El resultado es una realidad otra. Es arte.

 

Antonia de la Torre