Un día, un rayo. (elogio de la fragilidad)

Y un día, un rayo me partió. No fue (sólo) la pandemia. No fue (sólo) una cuestión de género. No fue (sólo) la maternidad, la pareja, el trabajo, el cuerpo cansado, los quehaceres diarios. No.

Ha sido el alma. El alma en un cuerpo que se pregunta -todavía hoy- por el sentido, que registra el propio deseo. Y, por tanto, la carencia.

Es que hay aquí y allí semillas pulsando hacia la luz, la vida diciendo ‘quiero más, quiero distinto, quiero diferente’. Y ese querer, cuando no encuentra tierra fértil donde florecer, se traduce en un mal-estar.

El mandato de ser equilibrada, exitosa, feliz, una unidad cerrada y en funcionamiento productivo y reproductivo trasciende la propia subjetividad; de hecho, responde a un sistema histórico, cultural y político anclado en formas de conocimiento y rendimiento muy concretas que rechaza las rupturas, quiebres y debilidades.

Así, cuando las categorías fracasan y se produce un desacople con las referencias existentes, no sólo sentimos que estamos más o menos partidas, sino también ‘en falta’ con las expectativas del sistema al que pertenecemos. Eso se interpreta y se vive como algo malo o una falencia. Sobreviene una especie de colapso del ser que, de acuerdo a lo apre(he)ndido tiende a ser rápidamente sofocado.

En este sentido el trabajo sale en rescate y defensa de la fragilidad como un estado vibrátil que requiere espacio y escucha. Es en las fisuras donde anida la posibilidad de creación y crecimiento. La propuesta, entonces, sería hacerse cargo: registrar el quiebre, sostener el temblor, aceptar la herida.

 

Al fin y al cabo, los rayos actúan en dos dimensiones en simultáneo: rajan y parten al tiempo alumbran.

Candelaria Magliano. Córdoba, 2021